Bando Uno
Mare

Miré el vaso que había colocado para que se escurriera después de enjuagarlo mas veces de las que eran necesarias, solo había tomado un poco de agua.
En mi mente seguía escuchando una y otra vez la voz de Anton antes de que colgara la llamada.
No estaba bien, estos días parecía que nada estaba bien.
Por primera vez era como si hubiera hablado con un extraño, y aquello era insoportable, miré su casa, nada me había dolido más que la llamara su casa, como si inconcientemente nos alejara, haciendo una distinción, no importaba que llevara más de una semana prácticamente viviendo en ella.
Escuché el sonido de la puerta principal y cerré los ojos, sintiendo alivio y nerviosismo a partes iguales.
Segundos después el entró a la cocina, llevaba la camisa desabrochada del botón superior, y su corbata en la mano, la dejó en el desayunador mientras yo le sonreía un momento, a pesar de todo, el verlo llenó una parte de mi corazón que siempre lo añoraría cuando estuviéramos lejos, que necesitaba el contacto de su piel. Me gustaba creer que el sintió lo mismo por que caminó hasta mi y enmarcó mi rostro entre sus manos dándome un beso tierno y exigente a partes iguales, mis manos se quedaron en su pecho mientras nos separábamos.
-Hola-, murmuré sin saber que más decir.
-Hola-, contestó acariciando mi mejilla una vez mas antes de girarse hacia el refrigerador y sacar una cerveza, la destapó mientras salía de la habitación sin otra palabra, miré el vaso nuevamente antes de seguirlo cruzándome brazos como si pudiera protegerme de algo que desconocía.
El estaba sentado en la sala mirando el televisor apagado, me observó finalmente y no dijo nada ante el gesto de quedarme parada frente a el.
Bebió un trago largo de cerveza y señaló mi vestido.
-Siempre me ha gustado el color beige en ti-, aseguró mientras cerraba los ojos un momento.
-¿Qué tienes Anton?-, pregunté tragando la bilis en mi garganta, las manos me sudaban, y mis pies odiaban los zapatos de tacón, quisiera habérmelos quitado como era mi costumbre pero ahora parecía inadecuado, como quedarme indefensa, ante el, y eso era horrible pues no debía de temer hacerlo.
-¿Vas a contarme lo que te ha estado pasado estos días?-, preguntó en respuesta mientras yo me estremecía como si me hubiera lanzado una ráfaga de aire frió.
El no podía saberlo, ¿no?
¿Cuál era la posibilidad que de todo, el supiera lo que me pasaba?
La forma en que nos había defraudado a ambos, dañando a una persona.
Pero esa era la ley cuando mentías, cuando hacías algún daño, siempre volvía hacia ti, quizás yo no había querido dañar a Wen, pero a veces pensaba que haría lo mismo, solo por haber compartido lo que había vivido al lado de Antón.
¿Demasiado egoísta?
No le contesté, no encontraba las palabras.
Anton me miró un momento, una fracción de segundo en la que supone que el sabía sobre ella, sobre su curso, sobre todo.
Una fracción de segundo en la que el miedo congeló mis huesos por el temor de perderlo por una estupidez.
-Solo dime que tu no le dijiste a Wen sobre nosotros, sabiendo lo que ella “pensaba” que sentía por mi-, suspiró mientras yo desviaba la mirada.
Quería pedirle perdón, quería decirle que había cometido un error y que había tratado de pedir perdón, quería decirle que había sido una tonta por dejar que otra me mostrara lo que yo sentía por el, pero en su lugar, me puse a la defensiva.
Los humanos a veces no somos más que animales con la capacidad de hablar ¿no?
-¿Y si lo hice?-, pregunté retándolo.
El soltó una risa baja y burlona.
-Entonces serias una perra, cariño-, murmuró mientras yo me acercaba herida, como si dándole una cachetada aliviara el dolor de mi pecho hacia sus palabras, pero no lo hice, bajé la mano y el esquivó mis ojos tapándose el rostro con las manos.
-Lo siento-, susurró mientras se levantaba dejándome parada mirando hacia el sillón ya vacío
-¿Por qué?-, volvió a preguntar
-Tenía miedo-, contesté cerrando las manos en puños evitando llorar.
-Tendrás que explicarlo de mejor manera Mare, por que no puedo entender por que no me dijiste lo que ella pensaba, pude haber hablado con ella, decirle, dejaste que tomara el curso, que supiera sobre nuestra relación, como si ella necesitara saberlo-, exclamó
-Has sido mi amigo por años, siempre a mi lado, siempre, y yo sabía todo lo que tu eras, todo lo que tu podrías darle a cualquier mujer que amaras, y después ella se llegó y se inscribió en un curso para conquistarte, ¿Cómo iba a permitirlo?, yo había desperdiciado años sin tenerte, sin hacerte mío-, susurré con la voz desapareciendo al final de la ultima palabra. Parpadeé hacia el sillón a mi vista, cada vez más borroso.
De pronto su mano me sobresaltó, el me giró para quedar frente a frente tomándome por los hombros.
-¿Fue por eso?, el viaje, nosotros, fue solo tu orgullo-, inquirió herido.
-¡NO!-, exclamé tomando sus manos.
-Yo me di cuenta de cuanto te amaba, y solo actué, sin pensar, solo actué-, le dije sin poder contener una lagrima surcando por mi mejilla, el la miró, casi sin darse cuenta, la limpió con su pulgar y luego me soltó sentándose en el sillón.
-Tenía miedo de que pudieras enamorarte de ella-, terminé mientras el reía sin humor.
-No podría-, aseguró y yo lo miré si creerle, el lo notó.
-No te voy a mentir, cada vez que la miraba, las pocas veces que Wen y yo coincidimos era como mirar algo que yo quería, que siempre he querido-, aseguró mientras yo cerraba los ojos.
-Mírame Mare-, pidió con voz firme, casi molesta, yo no lo hice, no al principio, no podía hacerlo, dolía.
Se levantó de nuevo y enmarcó mi rostro.
-Mírame-, prácticamente gruño mientras yo encontraba sus ojos.
-Te miraba a ti-, aseguró soltándome ante mi gesto de sorpresa.
¿A mi?

Anton pasó sus manos por su corto cabello mientras negaba con su cabeza en gesto de perplejidad.
-¿No lo entiendes verdad?
No había necesidad de contestarle
-Ella me recordaba a ti, cuando te conocí, un poco tímida, un poco temerosa, un poco inocente, un poco hermosa sin necesidad de nada más.
-¿Antes?-, murmuré como autómata.
-Quizás tú te hayas dado cuenta de que me amas hace solo unas semanas, pero yo he estado amándote durante años, desde ese día en el pasillo-, termino saliendo de la sala, rumbo a su habitación.
Mi corazón quería seguirlo, mis pies estaban anclados al piso.
Mas lágrimas querían salir de mis ojos mientras me obligaba a moverme, cuando por fin llegué a la habitación el se había quitado la camisa y su espalda tensa era todo lo que podía ver de el, no se giró.
-No lo pedí, no me interesaba enamorarme, pero pasó, cada día te amaba mas, quería aliviar el dolor que el idiota ese te había causado, quería hacerte sonreír, adoraba tu humor, tu forma de trata a las personas, tu forma de ayudar, tu sonrisa para todos…los que no fueran hombres mirándote como mujer.
Quería que se girara, pero el no lo hacía. Seguía sentado en a orilla de la cama mirando a la nada.
-¿Cómo podía decirte sobre mis sentimientos cuando tú aborrecías a todos los hombres con un apéndice funcionable?-, lanzó como un dardo, burlándose sin muchas ganas de reír.
-Lo entendía, te habían engañado y te habías encerrado en un caparazón, nadie llegaría a tu corazón, así que decidí ser tu amigo, y empujar lejos todo lo demás, nada desapareció solo…esperó que tu te dieras cuenta, y tu lo hiciste, y yo era el mas feliz-, terminó, por fin girándose hacia mi.
-Pero tú de entre todas las personas, debías saber lo que dolía que te engañaran y aun así la lastimaste-, reclamó mientras yo tragaba el nudo en mi garganta no soportando más.
-¿Crees que no se que hice mal?, le pedí perdón, pero sabes que eso no cambia las cosas, no deshace nada-, grité mientras el me miraba.
-Sabes lo que no entiendo Anton, que no comprendas que solo luché por lo que quería, y me equivoqué, lo se, pero yo ya no soy la mujer débil que alguien engañó, la mujer débil que lloró frente a ti en ese pasillo-, le dije sintiéndome dolida, odiado que me hiciera parecer la mala del cuento.
La gente puede herirte con palabras, lo quiera o no.
-A veces no sabes cuanto odio que no lo seas-, murmuró.
Si, las palabras herían, profundamente.

No me quede aun cuando dijo mi nombre, no me quede aun cuando me llamó bajando las escaleras tras de mi, no me quede después de que intentara tomar mi brazo, tomé mi bolso y salí oyendo mi nombre escapar de sus labios una vez mas.
Necesitaba huir.

No se puede manejar y llorar al mismo tiempo, no es posible, no supe como llegué a casa, pero no bajé después de aparcar, mi cuerpo temblaba como una hoja en medio de una poderosa tormenta.
Anton estaba equivocado en una cosa, en la Universidad no odiaba a todos los hombres, no, hubo uno al que fue imposible odiar, uno que me hizo prometerme que resguardaría mi corazón.
No fue la traición de un idiota lo que me hizo convencerme a mi misma que seria fría, que el sexo y una sola noche, era mejor que una relación que podía terminar mal.
Fue el.
Fue una noche.

Habíamos salido al cine, antes de los exámenes finales del semestre, fue la primera vez que noté la forma en que las mujeres me miraban a mi al estar con Antón.
Pero el no las miraba, no al verme a mi, claro que hablaba con ellas, recordaba sus nombres, bromeaba, pero al final cuando me acompañó a mi dormitorio y se despidió con un beso en la mejilla, diciendo que olía a palomitas y que debía escogerlo como mi perfume favorito, me di cuenta que podía enamorarme de el, para siempre, y eso me llenó de pavor, así que lo negué y al siguiente día, Antón fue solo mi mejor amigo.

Bajé del auto finalmente y subí hasta mi departamento, incluso antes de abrir la puerta, escuché el timbre del teléfono, me di cuenta debido a una parte diminuta de mi cerebro que el móvil debía de haber sonado, entré y cerré la puerta tras mi espalda mientras dejaba el bolso y me quitaba los zapatos con movimientos lentos, como si mi cuerpo pudiera romperse.
El contestador sonó y la voz de Anton me hizo estremecer.
-Mare por Dios, solo toma el teléfono, ¿quieres?, sino iré a tu departamento y…solo toma el teléfono-, gruñó mientras yo descolgaba, me limpié las lágrimas secas en mi rostro y apreté el auricular.
-Te veo mañana en la oficina-, murmuré antes de colgar.
Miré el teléfono sintiéndome extraña, indefensa, añorándolo tanto pero con temor a pedirle que estuviera conmigo.
Al final de cuentas, el amaba a una mujer que yo ya no era, no del todo.

Cel.